Cuando un niño o niña acude a consulta de nutrición, no solo importa qué recomendaciones recibe, sino también cómo se le transmiten.

La infancia es una etapa especialmente sensible para la construcción de la relación con la comida, el cuerpo y la propia imagen. Por eso, determinados mensajes bienintencionados pueden terminar generando preocupación excesiva, culpa, miedo a algunos alimentos o una vigilancia innecesaria sobre el peso.

El objetivo no es evitar hablar de nutrición, sino hacerlo desde un enfoque que favorezca salud, autonomía y una relación flexible con la alimentación.

1. Hablar de salud, no de peso

Siempre que sea posible, conviene desplazar el foco desde el número de la báscula hacia aspectos funcionales y cotidianos:

  • Tener energía para jugar y hacer deporte.
  • Dormir y descansar bien.
  • Crecer y desarrollarse adecuadamente.
  • Sentirse fuerte.
  • Poder concentrarse en el colegio.
  • Cuidar el cuerpo.

Frases como “tenemos que bajar peso”, “estás por encima de lo que deberías” o “hay que controlar que no engordes” pueden hacer que el niño empiece a interpretar su cuerpo como un problema.

Es preferible utilizar expresiones como:

“Vamos a ver qué podemos hacer para que tu cuerpo esté bien alimentado y tenga todo lo que necesita para crecer.”

2. Evitar dividir los alimentos en “buenos” y “malos”

Los niños y niñas tienden a interpretar el lenguaje de forma muy literal.

Cuando determinados alimentos se etiquetan como “malos”, “prohibidos”, “basura” o “que engordan”, puede aparecer una asociación entre comerlos y estar haciendo algo incorrecto.

A largo plazo, esta clasificación puede favorecer culpa, restricción y una relación demasiado rígida con la alimentación.

Resulta más útil hablar de:

“alimentos que necesitamos con mayor frecuencia y alimentos que podemos tomar de forma más ocasional.”

De esta manera enseñamos nutrición sin convertir la comida en una cuestión moral.

3. No utilizar el miedo como herramienta de cambio

Expresiones como:

“Eso te va a hacer engordar.”

“Tienes que cuidarte porque luego será más difícil.”

pueden provocar preocupación, especialmente en niños con un temperamento más ansioso o perfeccionista.

El miedo puede conseguir cambios rápidos, pero no necesariamente saludables.

La educación nutricional funciona mejor cuando el niño entiende qué gana incorporando determinados hábitos, en lugar de qué consecuencias negativas debe evitar.

4. Cuidado con pedir al niño o niña que “controle”  lo que come

Una recomendación frecuente es pedirle que esté muy pendiente de cantidades, calorías, peso o frecuencia de determinados alimentos.

Sin embargo, convertir la alimentación en una tarea de supervisión continua puede resultar contraproducente.

Un niño no debería terminar cada comida preguntándose:

“¿He comido demasiado?”

Conviene favorecer progresivamente la capacidad de reconocer:

  • hambre,
  • saciedad,
  • apetencia,
  • sensaciones corporales,
  • y necesidades del propio cuerpo.

La alimentación saludable no consiste en ejercer un control permanente sobre uno mismo.

5. No felicitar por adelgazar

Este punto es especialmente importante.

Comentarios como:

“¡Qué bien, has bajado dos kilos!”

“Se nota muchísimo que estás más delgado.”

“Así estás mucho mejor.”

pueden transmitir inadvertidamente que estar más delgado significa estar mejor o recibir aprobación.

En determinados niños y adolescentes, esa asociación puede convertirse en un potente reforzador de conductas restrictivas.

Es preferible reforzar comportamientos:

“Has conseguido desayunar con más regularidad.”

“Estás probando alimentos nuevos.”

“Veo que estás organizando mejor tus comidas.”

El objetivo es reforzar hábitos, no cambios corporales.

6. Evitar comentarios sobre el cuerpo, incluso aparentemente positivos

La consulta nutricional debería ser un espacio donde el niño no sienta que su cuerpo está siendo evaluado constantemente.

Incluso comentarios positivos como “ahora estás mucho mejor” pueden aumentar la atención sobre la apariencia.

Siempre que sea posible, centremos la conversación en lo que el cuerpo hace, no en cómo se ve.

7. Hablar con los padres también es parte del tratamiento

Muchas veces el principal trabajo no está únicamente con el niño.

Conviene explorar qué lenguaje se utiliza en casa:

  • ¿Se habla continuamente de dietas?
  • ¿Algún progenitor se pesa todos los días?
  • ¿Se critica el propio cuerpo delante de los hijos?
  • ¿Se utilizan alimentos como premio o castigo?
  • ¿Se hacen comentarios sobre cuánto come el niño?
  • ¿Se compara su cuerpo con el de hermanos o compañeros?

Los niños aprenden mucho más de lo que observan que de lo que se les explica.

Por ello, puede ser útil transmitir a la familia un mensaje sencillo:

“Queremos que aprenda a cuidarse, no que aprenda a tener miedo a engordar.”

8. Evitar interrogatorios sobre lo que ha comido

Preguntar repetidamente:

“¿Seguro que no comiste nada más?”

“¿Cuántas galletas exactamente?”

“¿Y después no picoteaste?”

puede hacer que algunos niños empiecen a sentirse examinados o juzgados.

Por supuesto, el nutricionista necesita información para realizar una adecuada valoración, pero el tono puede marcar una gran diferencia.

Podemos sustituir el interrogatorio por una exploración más neutral:

“Cuéntame cómo suele ser una tarde normal desde que sales del colegio hasta que cenas.”

La información obtenida suele ser incluso más rica.

9. Normalizar que comer también tiene una función social y placentera

La alimentación no es únicamente nutrición.

También es cumpleaños, celebraciones, vacaciones, comidas familiares, meriendas con amigos y descubrimiento de sabores.

Un enfoque excesivamente rígido puede hacer que el niño empiece a vivir estas situaciones con preocupación.

Enseñar flexibilidad también es educación nutricional.

Una alimentación saludable debe poder convivir con una tarta de cumpleaños sin que exista culpa ni necesidad de compensación posterior.

10. Detectar señales de alerta

Los nutricionistas ocupan una posición privilegiada para detectar precozmente determinadas dificultades.

Conviene prestar atención si aparecen:

  • miedo intenso a engordar;
  • preocupación constante por el peso;
  • eliminación progresiva de grupos de alimentos sin indicación médica;
  • ansiedad ante comidas fuera de casa;
  • conductas de compensación;
  • ejercicio realizado con la intención de “quemar” lo ingerido;
  • pesarse repetidamente;
  • sentimiento de culpa después de comer;
  • preocupación desproporcionada por calorías o composición de los alimentos;
  • cambios importantes de conducta alrededor de las comidas.

Cuando estas señales aparecen, puede ser recomendable valorar conjuntamente la situación con profesionales de Psicología o Medicina.

La pregunta que puede orientar toda la consulta

Antes de transmitir una recomendación a un niño podemos hacernos una pregunta sencilla:

“¿Este mensaje le está enseñando a cuidarse o le está enseñando a preocuparse por su cuerpo y por la comida?”

La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene una enorme importancia.

Los nutricionistas tienen una oportunidad extraordinaria para ayudar a niños, niñas y familias a construir hábitos saludables. Y una parte fundamental de ese trabajo consiste en que esos hábitos se desarrollen sin miedo, culpa ni una preocupación innecesaria por el peso.

Porque cuidar la alimentación infantil también significa proteger la relación que ese niño o niña tendrá con la comida y con su cuerpo durante muchos años.