Cuando una persona inicia una baja por salud mental, a veces siente que todo se detiene.
Pero quizá sea más útil imaginar la baja como un puente.
Un puente entre cómo estabas antes de parar y cómo necesitas estar para poder volver a sostener tu vida con algo más de equilibrio.
No se trata de cruzarlo corriendo. Tampoco de quedarse sentado en mitad del puente esperando a sentirse completamente bien.
Se trata de ir avanzando, poco a poco.
La baja laboral, cuando está indicada, puede ser una herramienta terapéutica permite reducir temporalmente determinadas exigencias cuando la persona no puede desarrollar adecuadamente su trabajo.
¿Qué puedo hacer yo dentro de mis posibilidades para que este tiempo me ayude a recuperar terreno?
Al principio quizá avanzar sea algo tan sencillo como volver a dormir unas horas seguidas, levantarse a una hora razonable, ducharse, comer con cierta regularidad o salir a caminar diez minutos.
Después puede ser recuperar algo de actividad física, volver a ver a una amiga o amigo, hacer una compra, ocuparse de pequeñas tareas de casa o retomar alguna actividad que antes formaba parte de nuestra vida.
De hecho, uno de los enfoques propuestos para la incapacidad temporal por problemas de salud mental plantea comenzar precisamente por ahí: recuperar sueño, alimentación, ejercicio y relaciones.
Porque hay una diferencia entre descansar y desconectarse de la vida.
Descansar puede ser necesario.
Pero cuando pasan las semanas y cada vez hacemos menos cosas, salimos menos, tenemos menos contacto social y organizamos el día alrededor de cómo nos sentimos, podemos acabar sintiéndonos todavía menos capaces.
Es como cuando tenemos una lesión: inicialmente puede necesitar reposo, pero llega un momento en el que recuperar la movilidad exige volver a utilizarla progresivamente.
Con la salud mental ocurre algo parecido.
No hace falta estar al 100 % para empezar a recuperar vida.
Y tampoco suele ser necesario estar al 100 % para empezar a pensar en la reincorporación. De hecho preparar la vuelta al trabajo debería formar parte del proceso desde el principio, una vez recuperado un nivel mínimo de funcionamiento.
Especialmente cuando existe miedo a volver, esperar a que desaparezca completamente puede convertirse en una trampa.
Porque el miedo rara vez desaparece únicamente esperando.
A veces ocurre justo al contrario, cuanto más evitamos algo, más grande parece.
Por eso, cuando la baja se prolonga y no existe mejoría funcional, conviene revisar si realmente está ayudando o si determinadas conductas de evitación están empezando a mantener el problema.
Esto no significa volver antes de tiempo.
Significa preparar la vuelta.
Pensar qué necesito.
Qué límites puedo poner.
Qué conversaciones tengo que tener.
Qué puedo hacer diferente.
Qué apoyos necesito.
Y también aceptar que algunas cosas quizá no dependan de mí.
Hay situaciones laborales que no podemos cambiar: quién es nuestro jefe, determinadas normas de la empresa, ciertas decisiones organizativas. En esos casos, el trabajo terapéutico pasa por diferenciar lo que podemos modificar de lo que no y concentrar nuestra energía en nuestra forma de responder, protegernos y tomar decisiones.
Por eso, quizá durante una baja laboral haya una pregunta especialmente útil:
¿Qué pequeño paso puedo dar hoy que me acerque a recuperar mi vida?
Algunos días será descansar.
Otros, salir de casa.
Otros, ir a terapia.
Otros, volver al gimnasio.
Otros, quedar con alguien.
Otros, empezar a pensar en cómo afrontar aquello que ahora mismo nos da miedo.
No se trata de exigir productividad durante una baja.
Se trata de que la baja no se convierta únicamente en un lugar donde esconderse del problema, sino en un espacio desde el que empezar a reconstruir recursos para afrontarlo.
La recuperación no suele ocurrir de golpe.
Se parece más a cruzar ese puente: algunos días avanzamos varios metros, otros apenas uno.
Pero seguimos avanzando.

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